domingo, 11 de enero de 2009

Amor Veneris


Mateo Colón se sentó en el borde de la cama, le acarició los cabellos -ralos y angostados- y pasó la palma de su mano por aquella frente hecha de surcos. Mateo Colón lloraba. No de pena. No de compasión. Lloraba con la emoción de los enamorados. Amaba cada parte de aquel cuerpo diezmado por la enfermedad. Con la mayor delicadeza tomó los tobillos y, lentamente, separó sus muslos. Vio la vulva seca y marchita que parecía la boca de una vieja desdentada, descorrió las carnecillas y acarició su Amor Veneris. Lo acarició con suavidad, amorosamente. Lo tocó con una ternura infinita. Lloró con la emoción del amor cuando se anuda en la garganta.

-Amor mío -le decía con el alma-, amor mío -repetía a la vez que acariciaba su dulce "América".

El anatomista sintió un levísimo temblor en el pulpejo de sus dedos y pudo escuchar un susurro. Con las mejillas empapadas en llanto, le preguntó:

-¿Me amáis? -y fue una súplica, un ruego.

Mona Sofía movió los ojos hacia la ventana, inspiró todo cuanto le permitieron sus dolientes pulmones y sin mover los labios, con una voz que parecía provenir del fondo de una caverna, habló:

-Tu tiempo se acabó -le escuchó decir el anatomista, antes de emitir un estertor, que fue el último.

Fragmento de "El anatomista" del escritor argentino Federico Andahazi

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